Gabriel tiene una educación déco y cierta inclinación al capricho. El tablero redondo reposa sobre una base ligera, dibujada por perfiles sinuosos que parecen salidos de un salón donde el rigor geométrico decidió permitirse algún arabesco. La silueta es grácil, casi danzante, pero no frágil: sostiene la escena con medida, reflejos oscuros y una ironía apenas esbozada. Una mesa de centro que conoce las buenas maneras, siempre que se le conceda el placer de exagerar un poco.